Historia número uno

Historia número uno.

A Pepe, a sus sesenta y largos años, no le bastaban los dedos de las manos y de los pies, de su corpulento cuerpo, para contar los ingresos involuntarios en unidades de salud mental.
En esta ocasión, tras una buena trifulca con sus compañeros de residencia, Pepe, fue traído en ambulancia al hospital y, tras unas horas de espera en urgencias, ingresó en la unidad de cuidados de salud mental.
Al poco tiempo de su ingreso, tras ser valorado por su enfermera, Pepe empieza a recorrer el largo pasillo circular gritando e incrementando su velocidad a cada vuelta:

– ¡Dejadme salir de aquí o la lío!

A la cuarta o quinta vuelta, de la boca de Pepe salían ya un amplio repertorio de insultos y amenazas hacia las enfermeras.
María, la enfermera responsable de Pepe en ese turno, reacciona ante el cuadro de agitación y sale a su encuentro. María se pone delante de Pepe, a unos tres o cuatro metros, con voz calmada y actitud relajada, le dice:

– Pepe, para y hablamos un momento sobre tu…
– Quita de enmedio o te paso por encima – interrumpió Pepe, acelerando aún más la marcha.
– Pero hombre, quiero ayudarte, hablemos un momento – continuó diciendo la enfermera con firmeza, en un tono relajante y mostrando las palmas de las manos para no parecer una amenaza, según había practicado en el último curso de desescalada.

Un segundo y María cayó al suelo de un empujón.

– ¡Quién avisa no es traidor! – gritó Pepe, corriendo hacia la puerta de salida – ¡Dejadme salir del manicomio!

Mientras una compañera ayudaba a levantarse a María. El resto de enfermeras se abalanzaron sobre Pepe. Este, al sentir que le intentaban reducir agarrándole por los brazos y por las piernas se dejó caer al suelo intentando dar patadas, puñetazos e incluso mordiscos.

El siguiente paso estaba claro, tras la evidente heteroagresividad de Pepe, estaba indicada una contención mecánica para evitar más daños a terceras personas así como medicación intramuscular (normalmente diazepam y haloperidol).
Dos segundos más y Pepe era transportado bocarriba y en volandas, sujeto por cuatro personas de brazos y piernas, hacia una habitación individual, especial para estos casos, con una cama provista de contenciones y cámara de videovigilancia. Por mucho que Pepe intentaba zafarse, golpear y morder, la pericia de los profesionales apenas le dejaban gritar y soltar algún que otro escupitajo fallido.
Diez segundos, Pepe, era arrastrado sobre la cama encima de las contenciones mecánicas. Ahora, para facilitar la maniobra, una enfermera sujetaba también su cabeza, sin hacer daño pero con firmeza para evitar complicaciones.

– ¡Correas no! – gritaba Pepe desesperadamente, sabedor de lo que venía a continuación – ¡Soltadme, correas no!

Doce segundos, María, recuperada del golpe entró en la habitación, era la encargada de colocar y bloquear con la llave-imán las abrazaderas de las manos y de los pies así como el cinturón abdominal. Se coloca a la altura de la cabeza de Pepe y le dice con una voz suave, calmada y firme:

– Pepe, míreme a los ojos – apoyando la mano derecha sobre su hombro – No quiero usar las contenciones pero…
– ¡No me toques, zorra! ¡Soltadme! – Y más intentos de liberarse, logrando a duras penas levantar los glúteos unos centímetros de la cama.
– Míreme – prosiguió María con la misma actitud, esta vez, captando la atención de Pepe – no le voy a amarrar pero, en su estado, puede hacerse daño a sí mismo o hacerle daño a alguién. Así que necesito que tome medicación para calmarse. ¿Está de acuerdo en tomarse unas pastillas?
– ¡Mentirosa! ¡Me vais a atar como siempre! No voy a tomar nada! –

María, sintió como las incrédulas miradas de sus compañeras la atravesaban el cuerpo. Todas pensaron que qué diablos hacía María hablando, en lugar de proceder a la contención. Sin embargo, ninguna se atrevió a decir ni pío.
Con un leve movimiento en dirección a la puerta, María susurró a la compañera que sujetaba la cabeza: “IM”. En dos minutos, la compañera entraba en la habitación con una bandeja y el material para administrar una inyección intramuscular.
– Mire – dijo María cogiendo la jeringa, mostrándosela a Pepe – si acepta ponerse esta inyección no le contendré, se-lo-pro-me-to –
– ¡Sí, me vas a amarrar, no soy idiota! – gritaba Pepe aún con más fuerza intentando patalear, contraerse, estirarse, retorcerse para zafarse.

Unos minutos interminables, caras de desaprobación por parte de las compañeras de María, si hubieran puesto las contenciones mecánicas y pinchado la medicación todo se habría resuelto hace rato.

– ¡Está bien! ¡Ponedme esa maldita inyección y soltadme!
María, desencapuchó la aguja con calma, a un gesto sus compañeros rotaron en bloque el cuerpo de Pepe y bajaron el pantalón del  pijama para dejar libre la zona de punción.
Tras poner la inyección, María, explicó claramente a Pepe:

– Ya está puesta la medicación. Ahora, es importante que se quede en la cama unos minutos para que haga efecto y pueda usted salir de nuevo de su habitación. ¿De acuerdo?
Pepe asintió.

María se alejó un metro de la cama y, cuál directora de orquesta, deslizó suavemente sus manos en el aire indicando la liberación de Pepe. Todas las enfermeras al unísono, soltaron a Pepe retirándose hasta la puerta de la habitación.
Pepe, en la mente de María, así tendido, con la cabeza erguida mirando a todos lados, balanceando sus brazos, se le representaba como una tortuga panzarriba. Ante esta imagen, los labios de María  iban camino de dibujar una discreta sonrisa cuando Pepe, tomó impulso, se levantó de un salto de la cama, corrió hacia la puerta:

– ¡Hija de puta! ¡Déjame salir!

En esta ocasión, María estaba prevenida, junto a dos de sus compañeras, se hizo fuerte en la puerta de la habitación, amortiguaron el impacto de Pepe que se lanzó, literalmente, sobre ellas y aprovechando su inercia, con gran pericia, le hicieron girar y avanzar en sentido contrario.
Pepe, al ver que había acabado a tres metros de la cama, se enfureció aún más, en lugar de una tortuga ahora parecía un toro bravo, resoplando, a punto de embestir.

– ¡Os voy a matar, apartaos! – gritó, lanzándose de nuevo.

Por segunda vez, las enfermeras amortiguaron el choque enviando a Pepe hacia el fondo de la habitación.
Hubo una tercera vez y, una cuarta y, una quinta y tras el sexto intento, Pepe, se tiró sobre la cama bocabajo, se abrazó a la almohada y quedó quieto, en silencio, mirando hacia la puerta donde la barrera de pijamas blancos permanecía también inmóvil, callada, sin cruzar la vista con Pepe.
Un minuto, dos minutos… cinco minutos… diez minutos…
María, tocó la espalda de sus compañeras y todas salieron lentamente de la habitación, cerraron la puerta despacio. Cada una retomó el cuidado de sus pacientes. María se situó frente al monitor de videovigilancia. Observando a Pepe, inmóvil con cierto aire goyesco.
Un minuto, dos minutos…  cinco minutos…
Sonó el teléfono, María atendió la llamada, se levantó para coger medicación y enviarla por el tubo neumático a otra unidad. Volvió a su puesto de vigilancia y… Pepe no estaba en la cama. Ni se veía en la habitación.

Llamó a la puerta, sin respuesta. Abrió con cuidado y entró, nadie. Miró debajo de la cama, nada. Precavidamente abrió la puerta del baño, desierto.
– ¿Dónde se habrá metido Pepe?

Miró por los pasillos, en el comedor, en la sala de gimnasia, en la sala de manualidades, en la sala de la televisión…
Pepe estaba recostado en una butaca, con los pies en alto sobre una silla mirando tranquilamente un programa de la tele.
Ahora sí, María respiró profundamente, orgullosa, había resuelto una situación muy complicada sin utilizar las contenciones mecánicas, acorde con sus valores profesionales y, lo más importante, respetando al límite de sus posibilidades la voluntad de Pepe, su paciente.
José Manuel García Mena, 2019

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Historia número uno by José Manuel García Mena is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 4.0 Internacional License.

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9 Comentarios Agrega el tuyo

  1. José Manuel dice:

    Reblogueó esto en dotdosy comentado:

    A Pepe, a sus sesenta y largos años, no le bastaban los dedos de las manos y de los pies, de su corpulento cuerpo, para contar los ingresos involuntarios en unidades de salud mental.

    En esta ocasión, tras una buena trifulca con sus compañeros de residencia, Pepe, fue traído en ambulancia al hospital y, tras unas horas de espera en urgencias, ingresó en la unidad de cuidados de salud mental.

    Al poco tiempo de su ingreso, tras ser valorado por su enfermera, Pepe empieza a recorrer el largo pasillo circular gritando e incrementando su velocidad a cada vuelta:
    ¡Dejadme salir de aquí o la lío!

    A la cuarta o quinta vuelta, de la boca de Pepe salían ya un amplio repertorio de insultos y amenazas hacia

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  2. themis t. dice:

    Gracias por esta historia, por lo ejemplificante que es. Un abrazo

    Le gusta a 1 persona

    1. AnónimA dice:

      Me ha gustado mucho la historia, y la forma en la cual muestra como utilizar los valores en momento tan complicados como ese. Narrativamente es interesante en todo momento y además está bien estructurada.
      Espero que el que sea historia número uno signifique que continuarás haciendo este tipo de historias que dan a pensar.
      Tengo una pregunta si no es molestia, ¿Está historia es ficticia o está parcial o totalmente inspirado/basada en experiencias reales?

      Le gusta a 2 personas

      1. José Manuel dice:

        Mil gracias por tu rico comentario. Espero que te gusten las historias que están por venir.
        Un abrazo!

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      2. José Manuel dice:

        Todas las historias estarán basadas en hechos reales pero guardando el cuidado necesario para que no se puedan identificar los protagonistas.

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      3. themis t. dice:

        Te respondo con la respuesta de quien escribió esta historia, espero que te sirva. Un abrazo

        “Gracias a ti. Iré publicando, en la medida de lo posible, muchas experiencias de grandes compañeras y propias en esta línea #HaciaLaContenciónCero”

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    2. José Manuel dice:

      Gracias a ti. Iré publicando, en la medida de lo posible, muchas experiencias de grandes compañeras y propias en esta línea #HaciaLaContenciónCero
      Un abrazo!

      Le gusta a 1 persona

  3. Daniel dice:

    Es una buena historia, se debería aplicar esos valores a la vida real

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    1. José Manuel dice:

      Gracias Daniel por tu comentario. Son unos valores muy enfermeros y muy necesarios en todos los ámbitos de la vida.
      Un abrazo!

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