Historia número dos: “Ellas”

“Ellas”

Todo había comenzado cuando la carga de mi mochila superó la capacidad de ésta, cuando de pronto, aparecieron en mi vida unas voces desconocidas que resurgían de mi interior y ordenaban cada acción de mi día a día (“ tienes que pegarle ahora”, “tienes que romper platos”, “tienes que rascarte las piernas hasta que consigas hacerte daño”…). Cada vez más imperativas, más reales.

En los diminutos momentos en los que éstas se silenciaban, me mudaba a mi otra realidad, lo cual significaba ver las consecuencias de las acciones que había llegado a realizar en esa otra dimensión, apoderada de aquellas magnificadas voces que conseguían coger mis riendas, sustituyéndome.

Un día, en un instante de ser YO, Esmeralda, junto a la compañía y apoyo de mi marido enfermo me decidí a pedir ayuda de profesionales para que me guiaran a encontrar la salida de emergencia en este laberíntico infierno.

Todavía no era consciente del gran paso que había dado mi YO Esmeralda. Más tarde sería capaz de comprenderlo, pero ahora lo único que sentía era mucho miedo al verme encerrada entre seis mustias paredes, intentando explicar una y otra vez lo que estaba ocurriendo dentro de mi ser.

Mis principales miedos eran: que ese infierno acabase por hacerme rendir en aquella lucha encarnizada, ganándome la batalla a través de la desesperanza y el cansancio, miedo al rechazo de los demás por volverme loca, miedo al fracaso en mi recuperación y miedo al clima desconocido de esas paredes y a los que me rodeaban en aquel lugar de incertidumbre privado de libertad.

Tras 50 días probando uno y otro tratamiento farmacológico y sin haber ganado todavía esa lucha interna con “ELLAS”, mis enemigas y eje central de mi malestar; me trasladaron a otro lugar.

El nuevo lugar era una unidad contigua a aquellas paredes pero lleno de luz, y parecía respirarse mayor autonomía y libertad. Los mismos miedos ante aquel cambio me perseguían añadiendo mi fatiga y desesperanza, resultado de tan larga batalla.

Una vez allí me ayudaron a reflexionar sobre qué estrategias y actitud había presentado frente a ellas, “las voces”, y mi respuesta fue clara:

Primero , elegí utilizar la lucha firme y posteriormente el cansancio me llevó a mezclar esa lucha con toques de evitación , pero “ELLAS” seguían creciendo en número e intensidad, y yo en cambio me hacía más y más pequeña.

Esa misma mañana mi enfermera me preguntó:

– Podrías hacer algo diferente ante esto que te está sucediendo?

Abrumada por la pregunta no supe responder.

La enfermera  ante mi silenciada respuesta me respondió con la narración de la siguiente escena:

– Imagínate por un momento que te encuentras en tu casa y unos nuevos vecinos muy desagradables (“ tus voces”) llaman a tu puerta sin cesar. Qué ocurriría si yo le recibiese con respeto, amabilidad, paciencia, y le diese la bienvenida invitándoles a esa coca-cola que a ti tanto te gusta? Solamente se trataría de invitarles a pasar con una sonrisa y quizás también podrías presentarte: Hola, bienvenidos, soy Esmeralda. Qué os trae por aquí? Cómo os llamáis?

– Sería ésta una mejor opción que luchar con ellos o ignorarlos para que no vuelvan?

– Con el tiempo tras conocerlos quizás hasta podrías llegar a hacerte su amiga!! Quién sabe…

Aquella escena en un primer momento me desencajaba pero recogí el mensaje y lo empecé integrar en mi vida diaria progresivamente.

Descubrí que con el paso de los días, invitación tras invitación, refresco tras refresco, acogida tras acogida, fuimos conociéndonos y simultáneamente ellas fueron perdiendo poder, lo que me facilitó coger distancia y presentarme ante ellas:

– Soy Esmeralda, quién nos diría hace un tiempo que nos haríamos amigas cambiando de actitud juntas.

Avecinándose el alta de aquella unidad y con los nuevos pero conocidos miedos, mi enfermera me hizo una pregunta de despedida:

– Qué has descubierto durante tu estancia aquí Esmeralda?

Ante tal pregunta, ahora sí tenía clara la respuesta. Aproveché mi respuesta para reconocerle a aquella enfermera que el mayor descubrimiento durante mi estancia fue haber llegado a alcanzar una sorprendente amistad con aquellas voces, la cual me hizo muy poderosa e independiente a “ellas” llegando a recuperar el control de mis riendas mientras “ellas” habían ya disminuido de volumen y frecuencia.

Me despedí con un… Soy Esmeralda y tú? Te apetece una coca-cola?

La enfermera sonrió con una mirada cómplice y abrazándome me susurró: Yo soy Amaia, recuerda que siempre serás Esmeralda, aunque alguien llame a tu puerta para decirte lo contrario. Por supuesto que quiero esa coca-cola!

Licencia de Creative Commons
“Ellas” by Iovanna Rodríguez is licensed under a Creative Commons Reconocimiento-NoComercial-SinObraDerivada 4.0 Internacional License.

Otras historias: enlace

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2 Comentarios Agrega el tuyo

  1. José Manuel dice:

    Reblogueó esto en dotdosy comentado:

    Estoy muy feliz de compartir esta bellísima historia escrita por mi colega Iovanna Martínez. Las “palabras que cuidan” alcanzan su máxima expresión en este breve y emocionante relato. Basada en hechos reales, esta historia nos muestra un camino de excelencia profesional a seguir.
    Gracias Iovanna y ojalá que esta colaboración sea la primera de muchas.
    ¡Espero que os guste!

    Me gusta

    1. Iovanna dice:

      Muchas gracias compañero por animarme a expresar y compartir historias tan reales que suceden mientras practicamos el gran arte de cuidar con locura la locura, con palabras, frases, historias o simplemente con silencio y escucha.
      Nos vemos practicando el arte y espero que también compartiéndolo 🙂

      Le gusta a 1 persona

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